¡Ay, Matilde!, de Carlos Castillo R.

¡Ay, Matilde!

Carlos Castillo R.

Taller: ICREA (marzo 2017)

 

¡Ay, Matilde! ¿Recuerdas que te conté que Víctor no había terminado de salir de la gripe tan fuerte que le dio el mes pasado? Bueno, la verdad es que me sentí muy preocupada porque ya era tiempo de que se le hubiera pasado, y, como lo vi  postrado, débil, sin apetito y tosiendo mucho lo llevé al médico, a su médico de toda la vida. Este, nada más verlo, frunció el ceño y mi preocupación creció en el acto.

Como suelen hacer los médicos, nos hizo una gran cantidad de preguntas buscando la explicación del problema: que si recientemente había visitado alguna cueva donde vivieran pájaros, que si dormíamos con animales domésticos en la habitación, que si teníamos familiares cercanos con enfermedades respiratorias contagiosas, que si a él se le hinchaban las coyunturas y mil cosas así, pero se alarmó más cuando le auscultó los pulmones y nos dijo que era necesario hacerle unos exámenes de sangre, radiografías, tomografías y que no nos extrañara si llegaba a necesitar otros estudios más complejos como una biopsia de los pulmones,  pues sospechaba que podía ser una condición muy seria, lo que hizo desaparecer la poca tranquilidad que me quedaba.

En los días siguientes la situación de Víctor empeoró: la tos se hizo más intensa y ruidosa como si tuviera un animal en el pecho, tenía mucha dificultad para respirar sobre todo cuando subía las escaleras o si intentaba caminar por el jardín. Empecé a notar, también, que sus momentos de silencio se hacían más largos y que permanecía la mayor parte del tiempo sentado en su butaca, tú sabes, la marrón que le regalaron ustedes, en lugar de estar acostado en la cama, tal vez porque le faltaba el aire, digo yo.  ¡Pobre Víctor! Cada vez va quedando menos del hombre fuerte que era. Partía el alma ver cómo se  ahogaba con  la flema y con los espasmos de tos, encorvado, sujetándose el pecho como si se le fuera a despegar del cuerpo.

¡Ay, Matilde! Hacer todos los exámenes que mandó el doctor fue más que una odisea un martirio: en un laboratorio no había reactivos, en otro no había electricidad, en el de más allá no había laboratoristas ni reactivos ni papel ni tinta para imprimir los resultados; tampoco encontrábamos material para las radiografías… ¡Qué te puedo decir! Y a todas estas la tos, la flema y el empeoramiento de Víctor acompañando, amenazantes, cada momento de nuestras vidas.

“Neumonitis Intersticial Idiopática”, nos dijo finalmente el médico: una enfermedad rara y difícil de pronunciar, que puede destruir rápida y progresivamente ambos pulmones. Como es de esas enfermedades que no tienen una cura definitiva, para que más o menos se mantuviera, le mandaron oxígeno y un tratamiento con antibióticos y cortisona inyectados en las venas, y otros preparados para aliviar la tos y la flema que lo desesperan y debilitan cada vez más.

¡Esto es desesperante, Matilde! Conseguir las medicinas ha sido infinitamente peor que hacerle los exámenes. En todas las farmacias que he recorrido me han dicho lo mismo: “estas medicinas ya no se están importando porque si el dólar esto o si el dólar aquello” o “con esta situación ya no se producen esos medicamentos en el país”. Si ni siquiera he podido conseguir la bombona de oxígeno. Parece que también las desgracias humanas obedecen  a la ley de la oferta y la demanda y a la insensibilidad de los que dicen que nos gobiernan y que nos están dignificando.

¡Ay, Matilde!, qué raro…hace rato que no escucho a Víctor toser.

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