Cumpleaños número 86, de María Elvira León

Fotos taller CEV 2016

Cumpleaños número 86

(558 palabras)

Taller: CEV – Agosto 2016

 

Se levantó a las 6 como cada mañana, aunque desde las 5:40 tenía la mirada pegada al reloj de la mesita de noche. Estaba ansiosa, contenta. Hoy, por fin, iba a conocerlo después de toda una vida de espera.

Fue directo a la cocina, puso a hervir la olla de agua para bañarse y otra más pequeña para colar el café. Mientras hervían fue a buscar lo que iba a ponerse para tan importante evento.

─¿Qué se pone uno en este caso? Tendrá que ser lo más ligero que consiga. Toda mi vida pensando en él y nunca me pregunté qué me iba a poner. ¡86 años y no estoy preparada!

Agarró unos pantalones cortos que se había puesto para la fiesta de la nieta en el parque y una franela vieja, la más bonita y fresca que consiguió. El agua en las ollas ya estaba hirviendo. Se apresuró a colar el café, a bañarse y a vestirse y se perfumó con Caleche. Después, con una taza de guayoyo y una catalina se sentó a esperar al nieto.

Sonó el timbre.

─¡Voy! Ese es David ─pensó.

Se levantó corriendo y abrió la puerta.

─¡Abuela! ¿Estás lista? ¡Vámonos!

─Déjame buscar la cartera. ¡Dios te bendiga! Dame un beso, muchacho.

Arrancaron, iban a 120 por hora pero ella tenía la cabeza en otra parte. Ni siquiera pensó en regañarlo por la velocidad.

David le había preparado un CD con música de Pedro Infante, Las Cuatro Monedas, Los Churumbeles de España y Alfredo Sadel.

─Tus favoritos, vieja. ¡Feliz cumpleaños! ─le dijo al darle play al reproductor.

─Gracias, mi muchachito. ¡Ay, por fin lo voy a conocer!

Tremendo cumpleaños ─pensó.

─Este camino es fastidiosísimo, David, estas curvas son peligrosas. ¡Menos mal que yo no me mareo! ¿Tú estás mareado? Cualquier cosa nos paramos.

David rio. Siempre se reía de cualquier cosa que María dijera.

─Tranquila abuela, este viaje lo he hecho mil veces.

Durante esas dos horas hablaron de todo. De las novias, de la universidad, de cuando el abuelo Pepe estaba vivo, de la tía Luisa y la tía Lola. Cuentos que María había echado incontables veces pero que David siempre escuchaba con paciencia.

Por fin llegaron.

María sintió un aroma que nunca en su vida había olido. Dio los primeros pasos calzada y después se quitó las sandalias. Lo que sus pies sintieron era indescriptible. Con sus talones y dedos acarició la arena blanca que pisaba. Sonreía cada vez más grande hasta que se le salió una carcajada de pura felicidad. David la miraba y empezó a reírse con ella. Con la risa se le salieron las lágrimas también de alegría.

─¡Así que esto tan inmenso es el mar! ¡La arena es tibia! ¿El agua también? ¡Qué divinidad! – exclamó María emocionada.

Caminaron por la orilla y el agua la mojaba hasta los tobillos.

─Está fría ─dijo la viejita aún riendo─. ¡Menos mal que me puse estos pantalones! ¿Cómo es que viví 86 años sin conocer esto? ¡Mira, parece que no tuviera fin!

Se alejaron por la orilla hasta el restaurante que estaba al final de la playa. María no habló más. Se perdió en sus pensamientos mirando una lancha de pescadores que iba lento, de extremo a extremo en el horizonte. Había cumplido un sueño.

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