EL PERRO, de Yonger Boada

Taller: ICREA (agosto 2018)

 

Son las 12:45 am del miércoles, estás parado frente la ventana observando las casas a las cuales da la vista. De repente en la cancha de tu urbanización aparece un perro, negro y grande; quizás un dóberman. El perro te observa, tú a él, y te sonríe. En ese momento te asustas, quedas perplejo y atónito. Te limpias los ojos como si fuesen de vidrio y vuelves a verlo. Ya no está sonriendo, ahora se coloca en dos patas, torpemente intenta caminar. Se va irguiendo cada vez más y más, el pelo se le va haciendo polvo. Tú no crees lo que ves: el perro se está transformando. Del polvo que una vez fue pelo de animal queda un pantalón negro, una camisa grisácea de botones y un chaleco negro con coderas grises. Las orejas comienzan a transformárseles en orejas humanas, su mandíbula menos grande. Pero algo que llamó mucho tu atención fue que sus ojos permanecieron iguales, negros y vacíos. Te caes hacía atrás al ver que su silueta en la oscuridad ahora es la de un hombre de unos sesenta años, encorvado y delgado. Te saluda con gesto amistoso y tú respondes por simple inercia. Entre cierras los ojos para asegurarte de que no estás viendo mal. De repente sale despavorido aquel sujeto. Piensas que necesitas dormir, que quizás tu insomnio neutralizó la poca lucidez que te quedaba. Te recuestas pero no logras sacarte de la cabeza aquel acontecimiento, necesitas llamar a alguien para contárselo. Agarras el teléfono pero al instante caes en cuenta de que ya hace unos años no tienes amigos, por lo menos no de verdad. Te tomas dos tabletas de diazepam para dormir y caes rendido.

Tu despertador suena a las 6:00 am. Lo apagas con recelo, te levantas casi que convencido de que el espectáculo de anoche solo fue producto de tu imaginación. Te aseas y te vistes para el trabajo. Preparas algo de café. Son las 7:03 am y debes darte prisa o llegarás tarde, tu jefe ya te ha hecho varias advertencias. No puedes permitirte llegar tarde otra vez, así que sales sin desayunar, solo un poco de café. Bajas a toda prisa las escaleras, pensando que podrás tomar el autobús de las 7:30 am que pasa a una cuadra de tu casa. Te sientas y esperas a llegar a tu destino. Ves por la ventana del transporte para distraerte y de repente observas no muy lejos de donde estás a aquel sujeto, el mismo que habías pensado que era producto de tu imaginación junto con tu insomnio. El tipo está sentado en la acera comiendo un pedazo de pan que a lo lejos se ve malo. Pides al chofer que se detenga. Te bajas y caminas rápidamente hacía él, sin saber por qué pero lo haces. Él te ve y huye. Lo persigues lo más rápido que puedes. Es muy veloz para verse tan viejo, piensas. Le gritas que solo quieres charlar un rato, él ni siquiera voltea a verte. Faltaban dos cuadras para llegar a una estación de tren y creíste que de seguro se dirigía allí, pero un carro lo atropelló. Lo observas tirado en la calle y te acercas, pides ayuda a gritos pero solo escuchas a las personas decir: Arrastremos a éste animal hasta la acera para que podamos seguir nuestro camino.

 

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