Rojo deseo

ROJO DESEO

Autor: Denise Armitano Cárdenas

(Cuento seleccionado en el taller: ICREA, agosto 2017)

 

En la terraza del Café Saumur con vista sobre la avenida Ledru-Rollin, Gabrielle bebe, a sorbos, una infusión de té aromatizado con bergamota. Quisiera lograr escribirle una carta a Pierre-Henri. La libreta de fino papel y la bebida humeante, acompañada por una tetera que promete dos tazas más, pudieran desencadenar el acto epistolar. También la mesa que más le agrada, justo delante de la vidriera a fin de no estar completamente a la intemperie y, sobre todo, desde donde no se avista ninguna bandera con esvástica en el París ocupado de 1942.  Poco se escucha el sonsonete de voces masculinas en alemán y carcajadas en jauría, ahora tan habituales en los cafés de moda. Gabrielle se diluye, anónima, en medio de quienes aprovechan algunos rayos de sol. Disfruta del paisaje urbano, acariciado por la luz de una primavera que se ha hecho esperar y se abstrae al ritmo del suave balanceo de los árboles adornados con brotes de hojas nuevas. Salvo Marcel, allí nadie la conoce.

Aunque añora el abrazo impregnado de lavanda de su prometido exiliado en Londres y mantiene intacto el recuerdo de su sonrisa y su mirada clara,  Gabrielle no logra ordenar sus ideas ni plasmar sus sentimientos por el hombre al que no ve desde hace casi dos años. Dirigirse a Pierre-Henri equivale a remontar una cuesta o a tender un puente sobre un abismo.  El silencio forzado parece haber interpuesto una vasta distancia emocional. Gabrielle se hunde en pensamientos confusos.  Solo ve claridad en el relato de sus actuales circunstancias con los pocos personajes que la habitan: Marcel, mesonero del Saumur y hacedor de vistosos sombreros por las noches. También su amiga Françoise, que ha superado la precariedad gracias al afecto −y a los privilegios− de un suboficial alemán.

La vida se ha estacionado en una espiral de escasez, colas, hambre, aprovechamiento del otro, miedo, desaliento y colaboración institucionalizada. Muchos apuestan a que el Reich impondrá su supremacía por siempre y han escogido estar del lado del vencedor, pero Gabrielle  no quiere acostumbrarse a cohabitar de manera amistosa con el ocupante. Tiene una galería de arte y objetos kitsch, de esos que tanto gustan a los nuevos ricos, que le prodiga digno sustento y algunas alegrías. Incluso puede hacer aportes a la causa de la Francia que no se doblega.

Françoise no pierde ocasión para ufanarse de que Rolf tendrá un ascenso o para  argumentar que Gabrielle, bella e inteligente, podría conseguir lo que quisiera y “olvidarse de esta estúpida guerra”. Ciertamente pareciera que a muchos de los alemanes destacados en París, soldados o civiles, los hubiesen escogido a fin de encajar dentro de la escenografía de la ciudad más bella del mundo. Prueba de ello es el individuo de porte altivo y rostro cincelado que acaba ocupar una mesa cercana, dejando una emanación de tabaco con agua de colonia.

En la hoja donde solo ha escrito Muy querido Pierre-Henri, Gabrielle comienza a bosquejar un perfil canino. Años atrás había encontrado diversión describiendo a las personas según los criterios de la Federación Cinológica Internacional. Manejaba perfectamente los estándares estipulados por el organismo para clasificar a los perros de pura raza. Los alemanes, sobre todo ellos por su obsesión con la raza, no escapaban a su juego. El Embajador de Alemania, Otto Abetz, era un braco de Weimar de perfecto pelaje gris perla y mirada congelada. El Rolf de Françoise, de extremidades cortas y sólida estructura corporal, se asemejaba a un tejonero de Westfalia, cazador de madriguera.

Marcel le entrega un papel, mascullando entre dientes: “De parte del boche. Ten cuidado”. La nota manuscrita dice en precario francés: Mademoiselle una hermosa sonrisa tiene usted, y el perfume más exquisito de París. Me gustaría conocerla. Disimulando cualquier reflejo de perturbación o de agravio, Gabrielle la dobla y la pisa con la taza. Saca una polvera y un estuche dorado de labial de su cartera. Mientras colorea sus labios pasando y repasando la cremosa barra Rojo Deseo, evalúa si debería –o no– contestarle al hombre que parece vigilar sus movimientos con mirada atenta y orejas puntiagudas de dóberman. Sentirse observada despierta en ella placer e inquietud a la vez. Toma un sorbo de té, ya frío, recarga la taza y pide la cuenta. Juega con el papel, aún no se decide. Pudiera arrugarlo, o incluso romperlo y dejarlo a merced del viento. Pudiera pagar e irse.

Como can amaestrado el hombre espera a que Gabrielle le dé una señal para acercarse: “Este quiere lo que todos los de su especie, una francesa hambrienta y dócil que coma de su mano”, se dice a sí misma. Sin embargo le agrada tener la atención de un ejemplar con todos los atributos de su raza: “Cuello largo, elegante, miembros estilizados, facciones cuadradas, cuerpo musculoso, ligera depresión frontonasal, orejas de inserción alta, ojos pequeños, almendrados, color castaño, pelo duro, denso y liso”. Le complace haber logrado esa perfecta descripción mental.

Gabrielle toma su pluma fuente. En el dorso de la nota, con tinta azul rey, letra impecable, escribe dos líneas y, haciendo a un lado el recato y la mesura que le son naturales, estampa la misiva con la impresión de sus labios Rojo Deseo. Marcel la interroga con la mirada y una mueca en el bigote. Ella lo ignora. Paga la cuenta, incluyendo la propina de costumbre. Se pone de pie, ajusta la tira del abrigo que acentúa su delgada cintura, se acomoda la bufanda de seda alrededor del cuello e inclina el sombrero de ala ancha que Marcel confeccionó para ella y adornó con dos ramilletes de muscari de Armenia. Se coloca ajustados guantes de cuero negro haciendo gestos envolventes, llenos de gracia felina. Gabrielle se ha vestido con parsimonia, dejando aflorar un voluntario juego de seducción del que no recordaba ser capaz.

Camina hacia la mesa del dóberman expectante, seguro de haberse ganado la golosina. Al momento en que este se levanta y se quita el sombrero para ofrecerle una silla, Gabrielle le entrega el papel. Sigue de largo sin mirar atrás, apurando el paso hasta la boca del metro donde se deja tragar entre la muchedumbre. Perplejo, el hombre lee la nota perfumada: “Halagadoras son sus palabras… pero no nos conoceremos porque en estos momentos en Francia, algunos, estamos muy ocupados”. Una gota de tinta,  casual o intencional, parece señalar la palabra “ocupados”.

Apretada entre los pasajeros del tren, con el corazón acelerado, Gabrielle disfruta el vértigo de su travesura. Aún no es consciente de que el dóberman podría rastrearla y volverla a encontrar.

Un pensamiento en \"Rojo deseo\"

  1. ¡Excelente!
    Logra con mucha efectividad y maestría escenográfica crear el ambiente para que el lector se introduzca en la historia y perciba como real lo que transcurre dentro y fuera de la narradora. El punto de enigma/tensión, corto y delicioso como el Rojo Deseo.
    Digno de un video clip para una canción de Edith Piaf, pero cantada con la irreverencia de Zaz.
    Felicitaciones a Denise y a los otros participantes, un cordial saludo a todos en la fundación, en especial al Señor de los Cuentos Heberto Gamero.

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