Tu muerte

Autor: Maritza Rangel

Taller: ICREA (Febrero-marzo 2018)

 

Era una mañana gélida.  El Ávila estaba cubierto de neblina.  Llegaban a la Capilla del colegio las personas conmovidas, muchachas llorosas. El olor de las flores y las velas acentuaban el ambiente de pesar, mientras que yo esperaba en la acera a la familia de Meni para darle el pésame, sobre todo a Luis, mi amigo.

A Luis lo conocí haciendo la cola de inscripción en el colegio de mi hijo.  Él inscribía a su hermanita Sandi, de quien decía entre carcajadas que era su representante, a sus escasos veinte años.

Cada reunión de padres y representantes se sentaba  a mi lado. Con su espléndida sonrisa hablaba de lo que hacía: estudiaba Arquitectura y le fascinaban la casa de Wright, las torres de Madrid y el nuevo edificio de Apple.

Nos deleitaba con el sentido lúdico que le imprimía a estos aburridos encuentros, con enfoques creativos e ingeniosos.

Llegaba en un jeep que más bien parecía un tanque de guerra después de la guerra, sin techo ni puertas y verde militar, por supuesto. Vehículo que intercambiaba semanalmente con su hermano Meni  para llevar y traer a Sandi  al colegio.

Cuando me veía en la calle me saludaba a viva voz de carro a carro así estuviera al lado. Me causaba mucha gracia su actitud festiva. Me hacía reír.

Un día Sandi se acercó y me dijo muy triste: “Mi hermano tiene un cáncer fulminante…”.

Me asusté.

Ese día llamé a Meni y su voz era casi imperceptible, jadeaba y gemía.  Me dio mucha pena.

Asistí a la misa de 7:30 a.m. ¡Hacía mucho frío!

Esperé afuera de la Capilla. Ví entrar en el estacionamiento el jeep y me di cuenta de que quien iba manejando era Meni. Me doblé con una arcada y casi me desmayo. Me senté en un banco, donde permanecí estática por un tiempo indefinido.

Cuando alcancé a ponerme de pie salí hacia mi taller. Me senté frente a una piedra caliza con martillo y cincel en las manos. Entraban rayos de luz por la pared de ladrillos huecos. Le dí golpes hasta que mi perplejidad se disolvió en los líquidos de mis entrañas. Y escribí en el polvo del suelo: “La total armonía de tu ser vivo me impide aún aceptar que no estés”.

Han pasado los días. Lamento haber eclipsado la última frase que Sandi me había dicho: ─“Mi hermano tiene un cáncer fulminante…, con el que te llevas tan bien”.

 

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